#ConMisHijosNoTeMetas: Cómo sobrevivir a la Ideología del odio

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Cuando era niña se me enseñó a portarme como mujercita: no podía mostrar agresividad, debía aspirar a una familia (heterosexual) y ser linda para que algún hombre alguna vez me elija. Además, debía vestirme de cierta manera, no levantar la voz, usar aretes y cruzar las piernas para que los chicos no quieran ver debajo de mi falda, una falda que todas las mujeres debíamos usar como uniforme, a pesar de mi incomodidad.

También me enseñaron a no decir en voz alta que estaba con la regla, que eso es privado e incómodo, y que debía confesar si alguna vez había tenido un pensamiento “prohibido”. Por supuesto, también debía mantener mi pureza hasta el matrimonio, porque lo contrario era un pecado.

Nunca me enseñaron que podía elegir no tener hijos si no lo quería, que podía priorizar mi vida profesional o que podía no enamorarme de un hombre, sino de una mujer, o de ninguno. Tampoco me enseñaron que no era necesario ser bonita o flaca para atraer hombres, que está bien si un chico quiere tener pelo largo, o que los tatuajes no te hacen mala persona. Esta información quedó fuera de la currícula porque había que enseñar solo una forma de ser mujer, y una forma de ser hombre, y nada al medio era sano.

Como muchos de los LGBT+ que conozco, estudié en un colegio parroquial, con valores religiosos (católicos) muy marcados y donde me fomentaron un comportamiento binario, dividido y complementario entre los sexos solo porque en mi certificado de nacimiento dice “mujer”. También me enseñaron que la homosexualidad no es normal y que el fin último del individuo es formar una familia, reproducirse y pasar estos conocimientos a la siguiente generación.

Para asegurar esto hay rituales y pasajes durante el desarrollo: los sacramentos. Cuando un niño tiene alrededor de un año no puede controlar ser bautizado, algo que se supone asegura a los padres que sus hijos sean bendecidos o tocados por el espíritu santo para que sigan en el camino correcto. Hasta ahora no veo evidencias de que el bautizo realmente proteja de la violencia familiar, el abuso sexual a los niños (hey, a veces, incluso, los curas abusan, ¿no?) o que asegure la heterosexualidad.

A los 10 años hice la primera comunión y ya tenía mis dudas sobre por qué tenía que contarle al cura del colegio si alguna vez me había tocado o pensado “cosas prohibidas”. Su insistencia en conocer estos detalles sobre mi vida privada me llamaron mucho la atención, pero con rezar 10 avemarías obtuve el perdón automático por haberle mentido a mi mamá. Ya era una niña buena de nuevo.

Paralelamente a mi adoctrinamiento, mis abuelos y mis padres fomentaron mi libertad para leer e investigar, y cada cumpleaños o navidad llegaban libros de ciencia y enciclopedias. Aprender sobre evolución y ciencia a edades tempranas me hizo cuestionar las verdades dogmáticas de todo lo que me enseñaban en el colegio. A los 13 años me di cuenta que era atea, tal vez no con esa palabra, pero sabía que no creía en ningún dios, aún antes de saber que era bisexual, y que los dictados de comportamiento adecuado eran arbitrarios a una ideología que no tenía sentido en la realidad que leía en los libros.

Mi activismo era levantar la mano en cada clase de religión, cuestionar los dogmas, cuestionar comportamientos, cuestionar las diferencias de género. Pronto me volví la chiquita complicada, una sabelotodo insoportable (que debo seguir siendo a miradas del patriarcado) que interrumpía todas las clases de religión y a cada profesor que decía que no debíamos usar métodos anticonceptivos porque era un pecado.

Por supuesto, había profesores que de manera muy silenciosa nos permitían libertad de pensamiento. Mi profesor de literatura permitía el debate en clase y alentaba mis ensayos criticando visiones religiosas del género, la homosexualidad y el comportamiento moral. Era un respiro entre tantos rezos y salmos.

Pero tuve suerte de no sufrir discriminación por mi orientación sexual en esos años de colegio. A pesar de que sabía que me gustaban las personas de todos los géneros, también me gustaban los hombres y, y mi aparente comportamiento heterosexual me evitó hostigamiento y discriminación. Ser heterosexual es un privilegio, pero internamente se empezaron a cocinar las bases de mis problemas existenciales (y posteriormente psicológicos): ¿entonces qué soy?, ¿todos sienten como yo?, ¿debo ocultar esta parte de mí?, ¿por qué soy así?, no quiero ser así.

A pesar de que nadie sabía lo que sentía, siempre me sentí bisexual y saber eso generaba en mí muchísima ansiedad. Mucho de lo que soy ahora y mis inseguridades, provienen de esos años de cuestionamiento y sensación de no ser buena, de no cumplir con ser mujer. Muchos otros LGBT+ que había en mi colegio no la pasaron tan fácil. Algunos fueron acusados de gais o lesbianas solo por expresar su género de manera diferente (nunca por evidencias reales de homosexualidad) y fueron estigmatizados hasta que terminaron el colegio. El bullying homofóbico marcó sus vidas, y nadie nunca hizo nada para detenerlo (“métalo a fútbol, señor, para que sea más hombrecito”, “su hija juega mucho con los varones, por eso la mandamos al psicólogo”).

Nadie nunca nos enseñó que estaba bien ser así, que no pasa nada con no encajar, y que “encajar” era producto de ese adoctrinamiento.

Conozco muchos heterosexuales cisgénero, y créanme que casi todos ellos han tenido momentos de conflicto interno porque no encajan con el estereotipo de hombre y mujer y porque muchos han vivido situaciones de afecto o atracción homosexual. Esto es normal y no necesariamente uno deja de ser cis o hetero por cuestionarse, finalmente cada uno elige (o no) una etiqueta, pero la sexualidad fluye a pesar de ella.

Incluso muchos de los que marchan defendiendo a los niños, han sentido atracción homosexual. Prefieren negarlo, ocultarlo, sacarlo a rezos y vivir una conducta aceptada socialmente. Muchos son bisexuales que prefieren ignorar su atracción hacia otros géneros, otros son homosexuales con homofobia internalizada.

Identificarse como trans es más complicado de esconder, porque el nivel de disforia puede ser insoportable para algunos. Para otros, encajar es sobrevivir. Muchas personas de género no binario tratan de elegir “un lado” solo para no ser vistos como bichos raros y cuestionados todo el tiempo sobre su género, sus genitales o su forma de vivir. Conseguir un trabajo y poder funcionar en un ambiente hostil, hace que muchas personas LGBT+ jamás expresen sin problemas su identidad. No poder desarrollarse con libertad afecta la salud mental: los índices de ansiedad, depresión y consumo de sustancias están incrementados en personas LGBT+, especialmente en sectores empobrecidos e históricamente desatendidos. No es casualidad.

Pareciera que todo conspira para que nos detestemos, no luchemos y permanezcamos en el clóset del odio, en una vida que no es vida y autodestrucción. Los problemas de salud mental son eso: nos matan por dentro, nos convencen de que somos inadecuados y limitan el desarrollo sano de nuestra personalidad y nuestras relaciones sociales. Y la discriminación hace eso, nos limita, nos condiciona y nos corta recursos.

La moral religiosa está muy generizada, el ser bueno y adecuado y cumplir con el “plan de dios” tiene roles determinados para cada sexo. No es casualidad que sean miembros activos de iglesias cristianas quienes se atribuyen el activismo antigay y que financian marchas en contra de derechos que reconozcan, si quiera, la existencia de personas LGBT+.

A pesar de esto, la visibilidad ha incrementado mucho, principalmente en sectores de clase media, donde hay mayor facilidad para ser visibles sin que esto afecte necesariamente el ingreso económico. Yo puedo ir a un centro comercial o al cine con alguien que se ve como mujer, igual que yo, y la discriminación no pasa de miradas feas. Para muchos otros LGBT+, tal vez la mayoría, la realidad es diferente y la violencia es mucho más represiva y constante.

Por ello es tan necesaria una educación en diversidad, porque se sigue transmitiendo el odio hacia lo diferente enmascarado en la moral cristiana. La mayoría de colegios, y claro, casi todo el sector político, adopta esta forma de adoctrinamiento que busca uniformizar y controlar nuestra conducta porque les resulta muy conveniente (aunque no ha podido evitar la visibilidad ni las ansias de lucha) y que nos expone al odio y les da herramientas políticas para intentar desaparecernos.

Por supuesto, enseñar bajo un enfoque de género y decirle a los niño que está bien si eres gay, está bien si eres trans, está bien si no quieres etiquetarte nunca o está bien si fluyes en este hermoso arcoíris de colores, hará que muchos más niños cuestionen los roles de género, cuestionen imposiciones a su forma de ser y reten el binarismo.

Pero no sean ingenuos: ¿creen que la nueva currícula es un permiso para transgredir?

Hola, aquí estamos transgrediendo desde antes que su moral religiosa se impusiera como norma política. Estamos transgrediendo desde que sus hijos se alejan de casa para vivir en libertad, estamos transgrediendo desde que nos atrevemos a expresarnos como somos, a usar el nombre y los pronombres que nos gustan y a amar a quien no deberíamos amar. Sus hijos transgreden todo el tiempo, y los límites de su mundo ya no están entre las 4 paredes de la casa o del colegio.

Sí, vivimos bajo una ideología, y la conocemos bien. La misma ideología que me enseñó a ser una mujercita delicada a pesar de que yo quería carritos y jugar en la tierra, que intentó hacerme sentir mal (y lo logró por ratos) cuando no era delicada, que me inculcó femineidad a pesar de que siempre fui este ser que fluye entre colores.

Vivo bajo esta imposición que odia lo diferente, pero la vengo transgrediendo desde 1988. Mi existencia, y la tuya, es prueba de que su ideología no funciona.

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