El mismo odio, la misma indolencia

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Por Alberto Hidalgo

Dicen que el ligero aletear de una mariposa en un lugar determinado puede provocar grandes movimientos en otra parte del planeta: lo que se conoce como «efecto mariposa». Bajo la misma premisa, el mundo globalizado e interconectado de hoy demanda articular redes y sinergias para abordar las transformaciones que plantea el siglo XXI. Esta lección ha sido bien aprendida por los grupos de poder que en todo el mundo se organizan y articulan sin descanso —y con cuantiosos y opacos recursos económicos— para intentar enfrentar la gran revolución de este siglo: la de la igualdad y la diversidad.

La sombra medieval de la Santa Inquisición es alargada y no nos abandona. Al mismo tiempo que en España una campaña de desinformación —ligada a los sectores religiosos más extremistas y fanáticos— pretende hacer circular un autobús por las principales ciudades del país negando la identidad de género de una parte de la ciudadanía y buscando sembrar el odio a la diferencia; en Perú vivimos una verdadera y encarnizada «guerra santa» contra un currículo escolar que defiende valores tan necesarios y esenciales como la igualdad de género y la no discriminación. Su objetivo último y compartido: enfrentar una supuesta «ideología de género» que desearía «pervertir» a las nuevas generaciones.

Estos grupos de poder han creado la llamada «ideología de género» para responder en contra del conjunto de avances —todavía de alcance limitado— que se están conquistando en el largo camino por el reconocimiento de la dignidad de las personas LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersex). Concepto nacido desde la manipulación y para la propaganda, que intenta invisibilizar y minimizar la realidad de violencia y discriminación: en el último año se registraron —únicamente en la ciudad de Madrid— 316 casos de agresiones motivadas por la homofobia, la lesbofobia, la bifobia y la transfobia (según datos del Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia); mientras que en Perú, también en el último año, se contabilizaron como mínimo 8 asesinatos de personas LGBTI, 43 casos de afectación a la seguridad personal y 28 de discriminación por razón de orientación sexual y/o identidad de género (según datos de Promsex y la Red Peruana TLGB).

Ante la evidencia, el mismo odio, la misma indolencia: acá y allá. De esta manera, en España, Chile, Colombia, México, Perú y otros países se identifican intereses, actores, estrategias y discursos conectados y coordinados para responder defensivamente a un lento avance que no tiene camino de retorno: la progresiva y dificultosa construcción de un consenso nacional e internacional sobre el reconocimiento y la protección de los derechos de las personas LGBTI como Derechos Humanos.

Estas campañas públicas repiten un mismo patrón: son basadas en el odio, el miedo y la ignorancia y recurren a la manipulación de amplios sectores sociales con la necesidad de legitimar reclamos y demandas que atentan —cada vez con más fuerza y agresividad— contra el marco normativo nacional e internacional que protege los Derechos Humanos de todas y todos. Sin embargo, esto no escandaliza —en lo absoluto— a quienes continúan defendiendo que la «Ley de Dios» se encuentra por encima de las normas de los Estados democráticos aconfesionales —y pretendidamente laicos—. No creen en la democracia porque no creen en la igualdad.

Los sectores más intolerantes de estas confesiones religiosas predican que las personas LGBTI somos «pecadores», «enfermos» y «criminales». Y se protegen en una errada concepción absoluta del derecho a la libertad de expresión para hacer apología del odio y la discriminación. Piensan que quienes fuimos o somos víctimas de bullying homofóbico, lesbofóbico y transfóbico, y de una educación patriarcal, excluyente y discriminatoria, basada en prejuicios religiosos, sobredimensionamos nuestras vivencias para construir un activismo desde la victimización. Pretenden negar una realidad de discriminación y violencia escolar que existe (según datos del MINEDU, más del 36% de los casos de acoso escolar registrados son por bullying homofóbico), convirtiéndose así en los principales cómplices para su reproducción. Quieren que la discriminación se perpetúe y se mantengan sus privilegios; aunque ello suponga el sufrimiento y el dolor de niñas y niños.

Definitivamente, para estos grupos religiosos, con importantes aliados en el establishment político, económico, y mediático, nuestras vidas no importan. Según sus concepciones discriminatorias y excluyentes, Dios es amor y vida solo para algunos seres humanos. Pero, a pesar de todo, avanzamos. Están perdiendo la batalla por el sentido común, y lo saben. Por esta razón, sus campañas se ven obligadas a recurrir, cada vez con más frecuencia, a la manipulación y al miedo.

No podemos permitir que los colegios sigan representando un infierno para niñas y niños diversos. Es imprescindible organizar respuestas articuladas que incidan en la pedagogía y la sensibilización social; reforzando el trabajo conjunto de sociedad civil y Estado en defensa de la igualdad, la diversidad y los Derechos Humanos. Frente al odio, celebremos siempre nuestras vidas, nuestros deseos, nuestros afectos: nuestra felicidad rebelde.

¿Hasta cuándo niñas y niños LGBTI en riesgo de suicidio, con proyectos de vida truncados? No podemos quedarnos inmóviles mientras se reproducen peligrosos mensajes discriminatorios en los colegios. Ayer fuimos escolares afectados por un sistema educativo que nos invisibilizaba y excluía; hoy debemos ser ciudadanas y ciudadanos empoderados y organizados para que nunca más una niña o niño tenga que llorar por amar diferente o sentir una identidad diversa. Y ello pasa, sin lugar a dudas, por lograr construir una educación que incorpore la igualdad y el respeto a la diferencia, libre de prejuicios que justifiquen la discriminación y la violencia.

Foto: Renzo Salazar / Perú21

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