Jonathan y Samantha: Ser gay y ser feliz en una ciudad hostil

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Fotos: Fabiola Valle

Jonathan y Samantha ocupan la misma habitación. Sus cuerpos se funden. Sus miradas conectan, sus ropas se acomodan, y un disco de Britney Spears está en la mesita. La Virgen de Guadalupe en lo alto, el maquillaje como la paleta de un pintor, y las piedras, falsos brillantes que iluminan. Los reflectores artesanales pueden ser tan cálidos cuando sabes que han sido testigo de todo. La escenografía es un mundo, el mundo de ellos dos. Esa habitación tan pequeña alberga las ilusiones de dos que son uno. Jonathan ya no puede vivir sin Samantha, y Samantha no puede vivir sin Jonathan

Abre la puerta. Si miras con atención verás una mujer a medio terminar. Es Jonathan en plena transformación. Tiene el torso desnudo, en su espalda dice Britney, acaso su diosa e inspiración. Empieza a maquillarse. La peluca rubia descansa en el sillón, al lado de los tacones.

Samantha nació hace unos años, exactamente en 2008, como su alter ego. Pero iba y venía hasta que decidió meterse en el cuerpo de esa mujer que define como su esencia. “Samantha es como una Barbie medio picarona”, dice. A través de Facebook, el personaje crece, se agiganta. Quizás uno de sus videos más exitosos sea aquel en el que aparece mostrando unos carteles donde le dice a aquellos niños y niñas que se sienten diferentes que no están solos. Es su historia. Sí, Jonathan de niño sufrió bullying, pero su familia lo apoyó.

“Me decían amaneradito, y lo era. Mi mamá siempre ha sido muy sobreprotectora, quizás por eso yo era tan delicado o soy tan delicado. Pero así soy, y en el colegio me fastidiaban. Creo que era lo suficientemente fuerte para no sentirme tan mal. No es el caso de tantos niños y adolescentes que se deprimen, que hasta se suicidan”, cuenta. Papá, mamá y sus abuelos siempre están allí.

-Ser delicado me hacía diferente. Los niños me insultaban. No se daban cuenta de que me estaban haciendo daño. Yo tenía ganas de salir corriendo, de no regresar al colegio, estaba en un laberinto sin salida. Era fuerte, sin embargo.

Buscó ‘la normalidad’. Ser normal era tener enamorada, hacer la vida de un típico peruano joven. Pero no se encontraba. No era él. Antes de dar más pasos en su contra, Jonathan trabajó en aceptarse a sí mismo. Cuando se definió como gay tomó las mejores decisiones.

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Un día Jonathan, de 19 años, supo que era el momento de decirle a los que más amaban que era gay: “Mi mamá y mi papá siempre han estado juntos y tantos ellos como yo somos muy sensibles, por eso no sabía cómo hacerlo. Escribí una carta y la dejé en la mesa de noche. La carta decía que yo era así, que no era una fiebre que se me iba a pasar”.

La carta era extensa. Jonathan les explicaba lo que sentía, y les decía que en determinado momento tendría una pareja, un hombre. Les decía también que los amaba y los respetaba.

La vida de Jonathan se divide en antes y después de esa carta, de ese momento.

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Por la mañana, su papá ingresó a su habitación, a la misma habitación donde ahora estamos. Le dijo, con la voz quebrada, que era su hijo, que lo amaba, y lo abrazó. Fue el abrazo más largo del mundo, recuerda. Fue un abrazo que describe como cálido, infinito, necesario. Su padre lloraba, Jonathan también. Era la primera vez que lo veía así.

Su madre se lo tomó de manera distinta. Quizás fue un choque. O quizás le enojó no haber sido la primera en decirle que lo sabía de siempre. No es mentira que las madres siempre lo sepan. Tras el silencio de unos meses retomaron la complicidad.

Papá, mamá, su hermana y su familia entera han visto a Jonathan como Samantha, han visto sus videos de Facebook. “Muchos amigos también lo vieron y me pidieron disculpas, quizás por haberme tratado mal en algún momento”, cuenta.

El sueño de Jonathan a los 30 años es llevar un mensaje a la gente. “A todos nos gusta divertirnos, pero yo como artista quiero llegar a la gente, y que la gente un día me recuerde por marcar la diferencia”. Ahora la peluca la ha transformado. Ya está en tacones. Y el maquillaje perfecto deja en segundo plano al chico que trabaja en un call center, que es novio de un profesor, y que sueña con hacerse un camino en el mundo de la actuación.

-En el Perú hay más visibilización, más gente ha salido del clóset, pero hay homofobia, discriminación y machismo. Incluso en la misma comunidad hay argollas, etiquetas. Yo odio las etiquetas. Samantha no tiene que ver con mi orientación sexual. Yo soy gay, pero algunos te discriminan por vestirte de mujer. Te dicen travesti o trans de manera despectiva. Es absurdo. Creo que la comunidad debe luchar contra estos prejuicios primero.

A papá y mamá no les molesta que salga vestido de mujer. Lo único que esperan es que llegue bien. En esta ciudad hostil, los gays son vulnerables. Y temen que la pase algo a Jonathan.

-Yo me cuido mucho, sé que la ciudad es peligrosa, sé que debo ir siempre con prudencia.

Jonathan es un chico que se siente afortunado, y la felicidad se puede ver en sus ojos. Ser lo que tú quieres en una sociedad homofóbica no es sencillo. A veces la familia y los amigos te dan la espalda. No es el caso de Jonathan. Su historia es una historia feliz, una rara historia que a veces uno no encuentra.

-Tengo mucho que agradecer a Dios. Ojalá otros chicos tengan familia que los amen, amigos que no los escondan, gente que los aprecie por lo que son.

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The Samantha Show es el espacio en Facebook que Jonathan creó para mostrar su talento artístico y para ayudar a otras personas a aceptarse a sí mismas. Es el creador, productor, escenógrafo y actor. Y todo transcurre en esta habitación, en este pequeño cuarto que es como un set de televisión.

Jonathan Jesus Albinagorta Ángeles es Samantha Braxton.

-Salir del clóset me ha hecho feliz. Fui educado de una manera en la que tenía que ser libre sin ofender a nadie. Por eso decidí hacerlo. Me ha ayudado a enfrentar en la vida. Estar en el clóset te expone muchas veces a amenazas y chantajes. A veces en la calle me han dicho ‘maricón de mierda’, pero yo no me hago problemas. Yo sé lo que soy. Es importante que uno mismo se acepte, y se quiera, para que nadie abuse de ti.

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Despojado ahora de la peluca, con los falsos senos protegidos de un sostén dorado, y vestido apenas con un bóxer, Jonathan otra vez regresa a sí mismo, y mira el horizonte con esa paz que debe dar tener todo el amor que se necesita para ir por la vida tranquilo y lleno de sueños por las calles de una ciudad que casi siempre está lista para golpearte, hacerte invisible o darte puñetazos. Porque así es Lima. Pero  Jonathan es más fuerte.

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Esta historia es parte del documental “A mí manera” realizado por Fabiola Valle y Esther Vargas, el cual se difundirá en junio.

 

 

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