Las homofobias invisibles

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Hoy es el Día Internacional contra la homofobia, la lesbofobia, la bifobia y la transfobia y vaya la forma en que nos recibe: en las últimas semanas no hemos tenido más que noticias terribles de violencia física, verbal y simbólica contra personas LGBTI en el Perú y en el resto del mundo (y alguna batalla ganada en Colombia, donde se evitó el referendo contra la adopción de parejas homosexuales).

A puertas de este día se derogó el Decreto 1323 en Perú, que incluía la tipificación por orientación sexual e identidad de género, lo que invisibiliza la existencia de la homofobia que mata, a pesar de que solo entre 2015 y 2016 se registraron 8 asesinatos a personas LGBTI.

Sin embargo, los defensores de la derogación de este decreto (el ala política conservadora abanderada por el fujimorismo) alegan que no es necesario hacer explícita que la violencia es por motivo de homofobia. Sin embargo, la homofobia, la bifobia y la transfobia no solo se evidencian en golpes, maltrato o asesinato. Tampoco se evidencian solo en insultos, discriminación evidente o la ausencia de derechos.

Podemos hablar sobre la violencia que sufrimos, la lucha de salir del clóset (una o varias veces), el miedo a perder nuestros trabajos, y hasta los problemas de salud mental asociados a la experiencia LGBTI, pero el problema de la homofobia no es un problema nuestro. Es un problema social. Es un problema de poder.

Como en toda forma de violencia discriminatoria, la homolesbobitransfobia forma parte de un sistema de poder que la sostiene en el tiempo y la naturaliza. Es así que, incluso, existen gays homofóbicos que dirán alegremente que la ideología de género homosexualiza a la población (tal vez algún periodista se dé por aludido) y que no es necesario salir del clóset a decir que uno es transgénero, bisexual o lesbiana porque es mejor mantener en privado nuestra identidad sexual. Esta homofobia internalizada es producto de la interiorización de la patologización de nuestras identidades, es una autocensura generada por los mensajes negativos que tiene la sociedad sobre nosotros.

Pero la homofobia, la bifobia y la transfobia pueden tomar formas sutiles que escuchamos en la cotidianidad, formas más “caletas” que parecen venir de la buena onda, de personas que dicen aceptarnos (o querernos) y hasta parecen ser ideas con alguna validez, pero que cargan con el mismo mensaje de odio y discriminación que los golpes, los insultos y la negligencia del Estado.

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“Respeto a los homosexuales, pero no a los escandalosos”

Esta forma de discriminación es de las más frecuentes, incluso, dentro de la comunidad LGBTI, especialmente por parte de hombres homosexuales. Aquí la homofobia tiene más de machismo, porque si nos damos cuenta, el “escándalo” significa “portarse como mujer”. Ser como mujer, ser femenino, ser delicado y ser expresivo son características asociadas al estereotipo femenino, y como ser mujer es ser menos, ¿por qué un hombre se comportaría de esta manera? El castigo es la censura, la discriminación, la señalización como escandaloso.

Aquí está el meollo del asunto. La homofobia, la bifobia y la transfobia son discriminaciones por género. Ser gay, lesbiana, bisexual o trasgénero rompe con la norma jerárquica de la supremacía masculina. Rompe con la necesidad de la heterosexualidad y rompe con la idea de que uno nace hombre o mujer. El rechazo de la escandalosidad es el rechazo de lo que no cumple con la regla de la heteronormatividad.

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“¿Qué te gusta más, los hombres o las mujeres?”

Es la típica pregunta que enfrentan las personas bisexuales o pansexuales. Claro, puede parecer una pregunta de curiosidad genuina e inofensiva, pero esconde detrás la necesidad social de encasillarse en un extremo. Uno no puede estar al medio porque el medio no complementa a nada y las ideas del binarismo (es decir, que todo se divide en 2, hombre – mujer) justamente existen para crear la necesidad de que el hombre complementa a la mujer y por lo tanto la heterosexualidad y el sexismo son naturales.

Por supuesto que hay bisexuales que tienen preferencias y, por lo general, no es hacia algún sexo o género en específico, sino a expresiones sexuales determinadas. Pero cuestionar o insinuar que uno puede saber cuál es la preferencia de un bisexual solo por cómo se ve o por la pareja que tiene en ese momento, es bifobia.

Cuando una persona pregunta por la preferencia de un bisexual por lo general se refiere a los genitales. Típico de una sociedad heteronormada es genitalizar el sexo y la orientación sexual. Y claro, uno puede pensar que es fundamental pensar en los genitales porque son las partes del cuerpo que entran en acción durante la relación sexual, pero esta también es una idea heteronormativa, que se sostiene en la capacidad de reproducción como pilar fundamental de la sociedad (y por ende, glorifica la heterosexualidad).

La verdad es que el placer sexual se puede lograr de muchas maneras y no existen roles determinados para hombres o mujeres dentro de una relación sexual, a menos que reduzcamos el sexo a la penetración / reproducción. Para aquellos quienes toda su vida han percibido el sexo de esta manera puede ser muy difícil pensar fuera de los parámetros limitados que ofrece la sociedad sobre el sexo, y justamente la bisexualidad y la homosexualidad rompen con estas ideas acartonadas de que sí, uno puede tener sexo sin penetración o que la penetración se puede dar solo por placer y no con el fin reproductivo.

Como bisexual, puedo decir que es extremadamente desgastante tener que explicar todo el tiempo que ser bisexual o pansexual significa que no interesa el sexo o los genitales de las personas, pero se ha vuelto un cuestionamiento cotidiano. Es terrible, además, notar cómo el trato cambia según la persona con la que se tiene una relación. Si es de un sexo diferente, aceptación automática, si es del mismo sexo, la relación se vuelve invisible o no se acepta.

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Cuando un beso homosexual es más escandaloso que un beso heterosexual

Aquí están las personas que dicen que un beso homosexual es inmoral y cuando se les tilda de homofóbicos dicen que les parece igual de mal que una pareja heterosexual se bese en la vía pública. Parece lógico, claro, que uno prefiera no ver muestras de afecto de ninguna persona, pero si nos damos cuenta, la lógica no aplica igual para las parejas heterosexuales. De hecho, estamos plagamos de afecto heterosexual, todas las películas, novelas, o durante los noticieros, podemos ver muestras de afecto heterosexual que se miran sin asco y sin cuestionamientos, porque es lo “normal”. Estos reclamos y afirmaciones solo aparecen cuando se expone la homofobia que se hace evidente cuando personas del mismo sexo expresan afecto de manera pública.

Pongámonos a ver cuántas veces los padres les tapan la cara a sus hijos cuando ven pasar una pareja heterosexual de la mano, o cuántas caras molestas vemos cuando en la película el protagonista besa por fin a la chica. Exacto.

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“Para mí siempre serás del sexo con el que naciste”

La adaptación de la familia a la verdadera identidad de una persona transgénero puede ser complicada debido a la poca información y educación que se tiene sobre la construcción de la identidad de género. Muchas personas, argumentando el lazo familiar que los une (hijos, padres, hermanos, esposos) finalmente “aceptan” a la persona trans pero se niegan a validar su verdadera identidad, diciendo cosas como “para mí siempre serás mi hermana”, “yo a ti te veo como mi esposo, no como mi esposa”, “voy a seguir llamándote por tu nombre del DNI porque es el nombre que te puse”, como si la persona transgénero hubiera hecho algo malo o lo hubiera hecho a propósito.

No reconocer la identidad y no tratar a la persona transgénero como se siente cómoda es transfobia. Cuesta acostumbrase a un nuevo nombre, cuesta acostumbrarse a referirnos a una persona con un pronombre con el que nunca nos hemos referido antes, pero ese es trabajo y responsabilidad nuestra. Las personas trans no tienen el deber de aguantar o educar a personas que insisten en que su identidad no es válida. Es cierto que muchas personas transgénero se dan el tiempo de educar, pero no tienen por qué ser pacientes todo el tiempo.

En todo caso, si en algún momento nos equivocamos, lo correcto es disculparnos y evitar volverlo a hacer. Nuestra comodidad y costumbre no están por encima de la identidad de otra persona.

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“Pueden casarse pero no adoptar”

Esta es la típica persona que se siente progre porque tiene un amigo gay, como si eso la exculpara de su homofobia. Tener un amigo gay, quererlo, salir a tomar con él o presentarlo a la familia no significa que uno no pueda tener reparos sobre algunos de sus derechos, como la adopción de niños.

Es totalmente ilógico decir que uno acepta la homosexualidad o, incluso, acepta el matrimonio igualitario, pero no la adopción. El miedo (la discriminación) detrás de esta idea es que los niños puedan ser homosexualizados por sus padres. Si se supone que uno acepta la homosexualidad, ¿por qué sería algo malo que un niño sea homosexual? Estas personas en el fondo consideran que la homosexualidad es anormal, y que un niño debe crecer en un ambiente que le permita desarrollarse de manera normal (heterosexual).

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“Yo no necesito decir que soy gay, lesbiana, bisexual o trans, eso lo mantengo en privado”

Una cosa es no poder salir del clóset porque no vivimos en un ambiente seguro donde poder expresar nuestra orientación sexual o identidad de género de manera tranquila, o por miedo a perder el trabajo por la discriminación, y otra, afirmar que uno debería mantenerla en privado porque no le incumbe a nadie y quejarse de aquellos que salen a decir públicamente que son LGBTI o exigen derechos.

No me tomen a mal: por supuesto que uno tiene la libertad de no hablar de su orientación sexual o su identidad de género, pero molestarse porque otros lo hagan y rechazar la necesidad de derechos (“no necesitamos leyes que nos protejan”) son muestras de homofobia internalizada. Esto quiere decir que uno mismo, siendo LGBTI, se considera un individuo que se ubica en un nivel inferior dentro de una jerarquía social donde la cisheterosexualidad es preferible a cualquier otra forma de identidad sexual.

Esto nos sucede a todos: quién, al descubrirse LGBTI, no ha rechazado su identidad y ha querido ajustarse al dictamen de la sociedad, por miedo al rechazo o por considerarse enfermo. Esto sucede porque nos desarrollamos en una sociedad heteronormada, donde la regla es ser heterosexual, y para ser heterosexual uno tiene que ser hombre o mujer, y ser hombre o mujer tiene ciertas normas determinadas. Si uno no se ajusta a esto, se le censura, tilda de raro o se le castiga con discriminación.

Es así que muchas personas LGBTI internalizan estas reglas y solo evidencian su orientación sexual o identidad de género en círculos muy cerrados, negando la necesidad de derechos, la protección del Estado y, por supuesto, rechazando a aquellos LGBTI que son visibles.

Es por esto que muchos LGBTI reniegan del activismo, las celebraciones del orgullo LGBTI y toda manifestación que implique visibilidad. Esto, aunado al privilegio del dinero, clase social o raza, lo hace más reacios a comprender por qué es tan importante que seamos visibles, que usemos algunas etiquetas como manifestación política o que hablemos tanto de la necesidad de tipificar la discriminación y exigir mejores formas de representación en los medios.

Cuando luchamos contra la discriminación a veces nos olvidamos que en el día a día vivimos formas de homofobia, bifobia y transfobia que pasan desapercibidas, pero que afectan nuestra calidad de vida de manera significativa. Como forma de recolectar información, el Estado peruano, a través del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), lanza una la primera encuesta virtual LGBTI con el fin de visibilizar en datos las formas de violencia y reconocer quiénes somos y dónde estamos en nuestro país. Es necesario que todos los LGBTI contestemos y nos demos el tiempo de visibilizar y exponer nuestras vivencias para dar a conocer que la violencia que vivimos no solo se trata de golpes, insultos o maltrato, sino de vernos como inferiores, como algo menos que personas.

La mejor arma contra la discriminación es la visibilidad.

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