El escritor Alberto Fuguet lo llamó «el pionero de la literatura queer latinoamericana». Con Los Inocentes, su segundo libro, conoció el éxito y también el recelo de la crítica. Lo llamaron corruptor de menores, pornográfico. Hoy sus libros son materia de estudios sociólogos y lingüísticos. ¿Quién era Oswaldo Reynoso?  Este perfil intenta ser una modesta respuesta.

Por Luis Paucar / Fotos: Andina

Al principio fue la culpa.

Al principio, cuando él era un niño y no sabía en qué cosa se iba a convertir, fue esa voz que le gritaba en la conciencia, ese nudo olímpico. Oswaldo Reynoso, que por entonces debía tener once o doce años, estaba en Mollendo, una playa al sur del Perú. Era un sábado de vacaciones.

— ¿En qué piensas?— le preguntó uno de sus amigos y él —a quien llamaban Valdo, Valdito— se quedó en silencio, tendido sobre las rocas del acantilado, mirando el cielo. Las olas estallaban a sus pies. No se lo dijo, pero estaba pensando en el infierno y el pecado. No se lo dijo, pero tenía miedo.

—Lo recuerdo bien: era un miedo raro, un miedo conmigo mismo— me dijo Reynoso, siete décadas después de aquellos días frente al mar. Faltaban tres años para que él —escritor, pionero de la literatura queer latinoamericana, según Alberto Fuguet— muriera. Ese día, el 15 de diciembre de 2013, no tenía ningún motivo para presentirlo. Llevaba camisa y pantalón y zapatos negros, la cabellera blanquísima peinada hacia atrás, y su voz era ronca, y sus manos estaban sobre la mesa, y en la mesa había libros dispuestos al azar.

—A la mañana siguiente mis amigos se fueron a bañar y yo corrí tras ellos. Estábamos desnudos y era hermoso. ¿Sabes qué pasó?

Hizo una pausa intencional. Suspiró.

—Nos masturbamos frente a las olas gritando «Dios no existe». Yo escribo por eso. Ese es el motor de mis libros.

***

La primera cita con Reynoso fue en su casa, en el distrito limeño de Jesús María. Había sido pautada a las diez de esa mañana de diciembre, pero llegué minutos antes y toqué el timbre del edificio.

—El señor estuvo esperándolo —saludó el recepcionista—. ¿Se le hizo tarde?

En el parque de enfrente, los árboles se sacudían la llovizna ligera del día anterior. Despuntaba el invierno.

—El señor siempre espera. O sale a recibir sus visitas muy temprano o le llegan tarde. ¿Cómo es con usted?

Así empezó todo.

Por aquellos días, Reynoso corregía Huamanga, Huamanga y Capricho en azul, dos novelas que iba publicar en Arequipa, la ciudad donde nació. En rigor, venía produciendo mucho: sobre su escritorio se encontraron más de dos mil hojas inéditas, llenas de tachas y correcciones que él hacía en pijama, inclinado en su escritorio o desparramado sobre su cama bebiendo pisco con jugo de naranja.

Conocí ese lugar de trabajo. Conocí, en realidad, toda la casa. En la puerta del departamento habían, esculpidos, dos dragones salvajes. La sala de estar era pequeña, casi un ambiente compartido con la cocina. En ella había varias repisas donde se apoyaban retratos de Reynoso, placas de reconocimiento, un Buda en miniatura, algunas ediciones de sus novelas y algunos objetos chinos. Todo lo demás eran libros emplazados por accidente: en la mesa principal, al lado de la puerta y en otra mesa frente a la cocina. Algunos autores de provincia solían regalárselos para que les alcanzara su opinión. Pero es probable que él nunca los haya leído.

—En el Perú hay prosistas prosaicos —decía moviendo las manos blancas, llenas de pecas—, yo sólo leo los libros que me hacen falta al momento de escribir. Tres años después de esa primera entrevista, Reynoso murió de un paro cardíaco. Ocurrió la madrugada del 24 de mayo de 2016, y aunque fue un evento imprevisto, de algún modo el final era, para él, una posibilidad concreta: Reynoso —soltero, sin hijos— había dejado un protocolo para el adiós.

No llorar.

No rezar.

Beber sin fondo.

Cremar.

***

Fue el sexto de ocho hijos criados en el seno de una familia tradicional, católica hasta los huesos. Vivían en una casona del barrio San Lázaro, en Arequipa, al sur del Perú, muy cerca de la iglesia y del colegio donde le inculcaron el miedo al infierno, ese lugar que él imaginaba lleno de monstruos pequeños. Luis, su padre, fue un contador a quien acusaron de espía chileno cuando la guerra. Rosa, su madre, fue una ama de casa que, en sus ratos libres, escribía poemas y pintaba paisajes.

Cuando llegaba del colegio, por la tarde, Oswaldo Reynoso se sumía en los libros que encontraba en la biblioteca de su casa. Su madre le leía poemas de Chocano, pero a los diez años empezó a frecuentar la biblioteca de Arequipa, donde leyó a los poetas malditos y a los clásicos, y donde se introdujo, uno a uno, en los paisajes de la Biblia y en el pensamiento de Marx. Así de intenso, así de maratónico. Para entonces ya sabía que algún día se dedicaría a escribir. Pero también sentía una vocación religiosa: componía poemas a Dios, se confesaba, llegó a ser monaguillo, cantaba en el coro de su parroquia. Un sábado de vacaciones, frente al mar, descubrió el goce de los cuerpos desnudos. Junto a sus amigos, se masturbó entre las olas gritando «Dios no existe», y desde entonces fue todo lo contrario: una estela de fuego, una ola en efervescencia, un huracán rabioso.

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***

— Cuando iba a visitarnos a Arequipa, mi tío Oswaldito se ponía su gabán negro. Le quedaba por debajo de las rodillas y le hacía juego con su chalina roja.  En una bolsita de despacho llevaba, bien guardada, una chatita de ron que tomaba en la plaza San Francisco. Una vez, al verlo vestido de esa manera, un niño le gritó: doctor Chapatín. Nos matamos de risa.

En ese momento de la conversación, la sobrina de Oswaldo Reynoso pide que su nombre se mantenga en secreto. «De mi tío –dice– sólo puede hablar mi tío».

***

Era homosexual. Era depresivo. Se encerraba en su cuarto y escribía poemas y cuentos en hojas sueltas, luego las guardaba en una maleta para cuando le tocara partir. En 1952, a los 21 años, llegó por primera vez a Lima para estudiar en la Escuela Normal Central de La Cantuta donde, dos años después, se graduó como profesor de Lengua y Literatura. Lima, Babilonia de porquería. Así la llamó. Al poco tiempo publicó su primer libro, un poemario que tituló Luzbel, en el que expresaba esa convulsión interior que le hincaba como una aguja ardiente en la ingle. «Blanca la tarde/ la lluvia/ los cerros/ el viento odoroso/ que incendia los cuerpos», escribió en uno de esos poemas. Luzbel salió publicado en Ediciones Jueves, en un formato pequeño del que casi no se habló ni comentó sino hasta su reedición. Nueve años después, en 1961, presentó Los Inocentes en el bar Palermo, cerveza y brindis de por medio. Apenas asistieron siete personas.

—Fueron pocos.

—Los necesarios para emborracharnos.

Reynoso inauguró la sección narrativa de La Ramada Florida, una editorial de Javier Sologuren que, al igual que él, sólo había publicado poesía hasta entonces.  El libro tuvo una buena respuesta entre cierta intelectualidad. Julio Ramón Ribeyro celebró el uso de la jerga como lenguaje poético, como lo haría después Mario Vargas Llosa, y en el suplemento dominical del diario El Comercio, José María Arguedas escribió: «con Los Inocentes empieza un nuevo ciclo de una obra tan importante para la literatura como para el estudio de los problemas sociales de la capital».

Pero hubo también quienes lo atacaron. El crítico literario José Miguel Oviedo le dijo marxista rabioso: los personajes del libro eran unos jóvenes pobres a los que definió como «rocanroleros», y cuyas voces cualpaban a su ciudad, Lima, de ser como eran, de hacer lo que hacían. También lo calificaron de corruptor de menores, de obsceno y pornográfico por hurgar en el despertar sexual de la juventud. En Los Inocentes se leen líneas como éstas: «Oye tú, hasta ahora nadie me ha dicho mostacero. Tú acabas de decirlo y eso no lo perdono. Saca los dados. Vas a ver quién es Colorete. Vas a jugar conmigo, y quien pierde se la corre, aquí mismo», «Cara de Ángel ve una mujer desnuda que está agarrándose los senos. Cierra los ojos y piensa en Gilda. —Ya, [córretela] de una vez, o te agarramos entre todos. (Grita furioso, Colorete)». «A un párcero mío le pasó algo muy grave. Llevó a su gila a un hotel. La feligresa era virgen y comenzó a sangrar». Eran líneas que entonces nadie se hubiera atrevido a escribir.

En un artículo titulado Fascinación por el mal y nostalgia de la inocencia, el escritor Miguel Gutiérrez señala: «Ninguno de los narradores peruanos importantes de la Generación del 50 ha sido tan injustamente tratado por los críticos y estudiosos como Oswaldo Reynoso […] si se quiere utilizar la vieja metáfora, es el único entre los narradores que se ha atrevido a merodear por los primeros recintos del infierno». Unos meses después de la presentación de Los Inocentes, Manuel Scorza realizó una segunda edición por Populibros con el título Lima en Rock —entre paréntesis, Los Inocentes— y un postón advirtiendo «Sólo para mayores» que logró vender cuarenta mil ejemplares, un éxito que aún sigue vigente al punto que, sin contar las ediciones piratas, Los inocentes ya superó la veintena de reimpresiones y ha hecho que a Oswaldo Reynoso se le considere un autor que no pasa de moda. Las jergas de ese libro están incluidas en estudios lingüísticos. Medio siglo después, sus personajes se mantienen frescos, con una inocencia alcanforada que trasciende el papel.

—Reynoso no escribía sólo contra ese régimen opresivo sino que estaba aguijoneando a toda la juventud o a los mismos viejos —dice Houdini Guerrero, escritor y director de la revista Sietevientos.

—Yo lo resumo así: juventud ornada con canas —dice Orlando Mazeyra Guillén, quien prologó Arequipa, lámpara incandescente, uno de los últimos libros de Reynoso.

—Oswaldo es algo así como el gurú de una especie de cofradía secreta que está básicamente enfadada, encabronada, el líder de un movimiento desconocido de indignados. A ninguno de los escritores de moda le puede pasar que, en algún colegio, se le acerque una niña y le regale un bombón para que se lo entregue a uno de sus personajes, para que no esté tan triste —dijo Beto Ortiz, periodista y escritor, cuando en mayo de 2013 la Casa de la Literatura Peruana condecoró a Oswaldo Reynoso.

—Lo de él era una llama interna. Aunque algunos de la época insistan en lo contrario, es un escritor de culto —apunta Maynor Freyre, escritor y colaborador de Narración, la revista que Reynoso fundó en noviembre de 1966. Freyre se reunió con Reynoso tres días antes de su muerte en un bar.

—Me dijo —dice—: «sólo quiero morir sin dolor, como presintiendo».

***

«Con toda mi familia hicimos un álbum grande de los recortes de diarios y revistas donde salía su foto, alguna nota sobre él. La última vez que llegó a mi casa, en Arequipa, se lo entregamos y el tío Oswaldito quedó feliz, feliz. Acá en Arequipa tomaba vodka con jugo de naranja, pedía chupe de camarones, ají de lacayote, sudado de machas. Mi mamá lo engreía mucho. Ahora me parece verlos en el comedor: todos reunidos con los primos, las tías,  escuchando música instrumental o a Demis Roussos, en especial esa canción que dice: Adiós, amor, adiós, y que a él le gustaba tanto», escribe al correo Libia Reynoso —Liby—, otra sobrina de Oswaldo Reynoso.

***

Esperanza Ruiz, amiga de Reynoso, tiene el pelo blanco peinado ligeramente a un costado y una chompa roja debajo de una chompa a cuadros, debajo de una casaca ocre que hace juego con su pantalón oscuro y sus botines altos de cuero marrón. Titus, su perro chitzú de diez años, está recostado a sus pies. Al lado hay una biblioteca en la que se leen títulos de libros de historia, literatura y pintura. La voz de Esperanza Ruiz retumba en las paredes color maíz de esta casona en San Isidro.

—Me lo presentó Eleodoro Vargas Vicuña, que luego sería su compadre. Ellos acababan de venir de Arequipa, rodeados de una aureola porque habían aceptado la rebelión de los estudiantes del colegio Independencia y habían participado en el repudio que el pueblo arequipeño le hizo a Odría. Eleodoro me llamó por teléfono y me avisó: te lo voy a presentar en el local Versalles. Pero ese día Oswaldito no se animó a entrar y pasó de largo. Tuvimos que salir a darle el alcance. Decía que tenía asuntos familiares que ver y yo pensé: este es un chico tímido. Pero era alto, buen mozo, pesaba setenta kilos.

Esperanza Ruiz sonríe, los labios como un pequeño corazón rojo.

—Después lo volví a ver incorporado en el bar Palermo. Éramos solo tres mujeres las que nos reuníamos en el patio de letras de San Marcos y nos íbamos con los chicos al Palermo. Allí empezamos a hacer vida social. Conocí su casa. Almorzaba con su mamá, sus hermanos y con su hermana Marita. Yo le llevaba el amén: me interesé por él, lo cuidaba. Íbamos por la playa con su mamá, una mujer bonachona que les preparaba leche nevada y, cuando niños, les transcribía poemas de Chocano, ese de la magnolia por ejemplo, para leérselos en voz alta. Un día le dije: Oswaldito, casémonos pues. Sí, casémonos, me dijo. Yo quiero heredarte mi pensión de jubilada, le dije.

Por entonces, cuando lo conoció, Oswaldo Reynoso era profesor principal de Literatura en la Escuela Normal Central de La Cantuta, jefe del Departamento Académico de la Lengua y Comunicación, decano de Humanidades y director de Proyección Social. Poco después viajó a Venezuela, de donde regresó en 1964. Con el pretexto de que no era periodista pero sabía escribir, ese año pidió a Walter Peñaloza trabajar en diario Expreso y publicó crónicas en Sucedió en Lima, una sección de ese mismo diario que duró apenas tres meses.

En 1965 publicó En octubre no hay milagros, su tercer libro que, presentado otra vez en el bar Palermo, provocó que la crítica de la época se levantara con furia. El libro retrata la relación entre un importante político y un chico pobre al que había conquistado con dinero, y está ambientado durante la festividad del Señor de los Milagros, la más concurrida del Perú. En la reseña de un diario, alguien escribió que el único destino de En octubre no hay milagros era la basura. Reynoso se mantuvo en silencio —no por recelo, sino porque estaba produciendo—, durante los años siguientes.

—Nunca le hice caso a la crítica. Nadie iba a impedir el goce que me producía crear y escribir.

En 1977, cuando era vicerrector de La Cantuta, los militares tomaron la universidad y aceptó una propuesta de trabajo de la embajada china. Viajó a Oriente para trabajar como corrector de estilo en la Agencia de Noticias Xinhua. Vivió allí doce años. Durante ese tiempo, visitaba la biblioteca de la embajada de México y algunos chinos le sobaban el vientre porque creían que era un Buda revivido; pero no escribía mucho. Al Perú llegaba de vacaciones por un mes, una vez al año. A Esperanza Ruiz, todas las Navidades le llegaba, puntual, una postal con dedicatoria de su parte. Una tarde, mientras almorzaba con ella, Reynoso se enteró de la muerte de Marita.

—Salimos corriendo a su casa —recuerda Ruiz—, fue la primera vez que lo vi llorar.

Marita fue la única hermana de Oswaldo Reynoso. Los demás —Horacio, Chalito, Alberto, Lucho, Hernán y Reynaldo— habían hecho su familia aparte. Era alegre, delicada: un remanso de ternura y confianza. Cuando murió, debido a un aneurisma, su hija Rosa María —Rosita— tenía quince, y desde entonces Oswaldo Reynoso la crió como suya. La llevaba a los homenajes, a los recitales, a cualquiera de los eventos donde lo invitaban. «Hicimos muchas locuras, pero me protegía. Conmigo era tradicional. No me dejó leer sus libros hasta que cumplí catorce,  y cuidaba de que sus estudiantes  no me afanaran», ha contado Rosa María al diario La República. Cuando ella se casó, quiso llevarlo a vivir a su casa. 

Esperanza Ruiz interviene:

—Oswaldito me llamó y me dijo: ¿qué te parece eso? Yo le dije: ¿qué vas a hacer por allá?, ya no te irán a ver tus amigos. Sí pues, me dijo, ¿qué me voy a hacer aislado ahí?, y entonces regresó. Siempre me hacía caso.

Reynoso volvió a su casa y, en 2008, invitó al poeta José Emilio Caro Gómez a vivir con él: Caro dejó Huamanga, en Ayacucho, al sur de Lima, y lo acompañó hasta la noche de su muerte.

Caro Gómez rehízo su biblioteca con libros viejos y fotocopias.

Caro Gómez le creó una cuenta en Facebook.

Caro Gómez lo vio morir la madrugada del 24 de mayo: Reynoso dio un tosido descomunal, un balbuceo, luego un suspiro. «No quería morir entubado, con sondas. Se fue sin sufrimiento», contó a La República el día del velatorio. Caro Gómez no ha querido hablar desde entonces. Un día lo llamé y me dijo que no lo supera. «Con él se fue una parte de mí», colgó.

***

El segundo encuentro fue en una feria, en Piura, al norte del Perú, donde Reynoso celebró el medio siglo de Los Inocentes. Esa noche fuimos a un bar: puso Adiós, amor, adiós en la rocola, hizo salud porque había mejorado la diabetes y después, adormecido por el alcohol, salió a mear la calle. No recuerdo de qué hablamos aquella noche, pero lo vi llorar. A la mañana siguiente, puntual, estaba en su conferencia. El tercer encuentro fue en una heladería: antes de probar un helado de menta, Reynoso me leyó un cuento en cuyo final, un monaguillo se masturba y eyacula en un cáliz impecable. El cuarto encuentro fue, nuevamente, en su casa: estaba feliz porque lo habían traducido por primera vez, y era al italiano. Preparó tallarines. Después de comer, fuimos a una librería donde no encontró ninguno de sus títulos. Íbamos a vernos nuevamente en junio, pero la muerte lo alcanzó durmiendo. El 24 de mayo de 2016, a las doce y 45 de la madrugada, Reynoso sufrió un paro cardíaco. Fue tendencia en Twitter.

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En el Centro Cultural España, colocaron tres velitas frente a uno de sus retratos.  En la Casa de la Literatura Peruana, en el centro histórico de Lima, se bifurcaban los susurros. Le cantaban yaravíes y baladas. Un chorro de luz lúgubre se derramaba sobre su ataúd abierto. Cuatro morenos de terno lo custodiaban. Las llamas ardientes de tres cirios se reflejaban sobre la madera, también en la pared. Había coronas de rosas y gladiolos soberbios. Una de ellas recitaba: «Con amor, José Emilio Caro Gómez». A un lado del ataúd, un reclinatorio. A la derecha, el cuadro al óleo que al artista Bruno Portuguez le tardó tres meses pintar: alinear las sombras de su cabellera algodonada, afinar esa expresión parca que fue su marca, su némesis.

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Y estaba, sobre todo, el protocolo.

No llorar.

No rezar.

Beber sin fondo.

Cremar.

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