Este es el mes del Orgullo Gay. Como en todas estas fechas, nos referimos a momentos simbólicos. Día de la Madre, Día del Padre, Día de la Bandera, Día de la Patria. Pero orgullos@ uno debe estar siempre de lo que es. Cuando un violento comentarista en Facebook o quizás en la calle te dice con asco ‘¿Por qué mierda estás orgulloso?’ me pregunto si tengo tanta fuerza para partirle la cara o si solo me queda guardar silencio ante su ignorancia, ante su monumental estupidez.

La homofobia no es cosa de trolls, menos hija de la internet.  La homofobia está en nuestra esquina, en nuestro maldito entorno, ese que hemos elegido por necesidad o casualidad, ese en el que debemos permanecer por necesidad o mil razones que cada uno carga con la mochila.

Yo me siento orgullosa de ser lesbiana. Pero lesbiana no es mi apellido y tampoco un apelativo, pero sí toca alzar la bandera vamos a alzarla muy alta, esa bandera que Facebook, el lugar desde donde me insultas con rabia ahora celebra con banderitas y detallitos que el mundo sería mejor sin tanta ignorancia.

Porque a todos estos sujetos que día a día nos amedrentan con su feroz o subterránea homofobia hay que afrontar. Me siento orgullosa de no esconderme, de haber tenido la fortaleza de vivir sin miedo a que me juzguen, de haber gritado por todos lados que creo en la igualdad y que si marcho es porque todavía creo que el Perú puede cambiar, y que está cambiando a pesar de ti. Pero me cuestiono si soy igual a ese homofóbico. No pues. No soy igual. La igualdad se me encoge, como a él los pequeños cojones. No creo en una igualdad a medias, y no me considero igual a ese energúmeno con teclado y boca, sin embargo aspiro a una sociedad sin diferencias y civilizada. Una sociedad donde hasta ese patita sin rostro es capaz de expresar su brutalidad.

Estoy orgullosa de alzar la voz, de poder hacerlo, así para algunos sea demasiado ruido. No admito la palabra tolerancia porque se tolera lo que no se puede tragar, aceptar, admitir. No busco tolerancia. No me victimizo. No espero un “déjala, nació así”. No, para nada. Con orgullo planto cara, como dice mi amiga española. Y pido, exijo y demando. Me siento orgullosa de tener fuerzas para escribir esto. Me siento orgullosa para decirle a mis amigos que me aceptan con todo, o no son mis amigos. Me siento orgullosa de haber disfrutado plenamente de mi vida, de mis amores, de mis mujeres, de mis canciones, de mis fiestas.

No somos especies raras que entramos a la fiesta por la puerta falsa o de costadito para no joder. No. A esa fiesta yo no voy. Esa fiesta que se reserva el derecho de admisión a personas como yo no es fiesta para mí. Y con orgullo me voy a otra, pero dejando muy claro que tu gueto no me interesa. Como tampoco me interesan los guetos LGBTIQ. Porque en realidad aspiramos (o yo aspiro) a integrarnos a la sociedad, no a que la sociedad me cobije o nos cobije porque no se trata de sobreprotección a un grupo de loquitos enfermitos. No, para nada. En tú sociedad, que es la mía, la igualdad es igualdad plena y tenemos los mismos derechos, así los tuyos se apliquen y lo míos sean una batalla cotidiana. ¿Por qué mierda estoy orgullosa? Porque tu odio no me lastima ya. Tu odio me parece ridículo, retrógrada, medieval. Tu odio me pasa por encima, como si todo el tiempo estuviera enjabonada o mejor dicho blindada.

Tu odio no es mi odio. Mi batalla vale la pena. La tuya no. Pero yo te la respeto, mientras que tú marchas para decirme que no iré al mismo cielo que tú (si el cielo existe), tú marchas para decirme que soy rara, que soy enferma, que seguro no me han tirado bien en esta vida. Te respondo, pero no me duele responderte.

Llega un punto en que solo puedes entender las expresiones de odio como fruto de la ignorancia y de traumas no resueltos. Todos los días estoy orgullosa de ser lesbiana, y todos los días doy batalla. Y todos los días me río de lo triste que debe ser la vida del troll homofóbico, del vecino homofóbico, del compañero de trabajo homofóbico, del desconocido homofóbico que se cruzó en mi camino.

Estoy orgullosa de ver que una generación de chicos y chicas de veinte años o menos están dispuest@s a seguir luchando. Tomaron la posta, o acompañan a los grandes. Me llena de orgulloso ese entusiasmo, esas ganas de enfrentar la vida, esa fortaleza para no retroceder. Esa capacidad tan brillante de exponer lo que son, y no esconderse.

Sí, estoy orgullosa, en junio como en enero, todos los meses del año. Porque estar orgullosa de lo que sientes y de lo que eres te hace mejor persona. Y ser mejor persona debería ser un objetivo diario como es esta batalla contra los odiadores.

Por eso yo marcho este 1 de julio, por eso tú deberías subirte al balcón y mirar lo que somos, y dejar de insultarlos porque somos personas, PERSONAS.

 

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