Por Luis Paucar  / Fotos: Dante Rossi

Desde que protagonizó ‘Sin vagina, me marginan’, la primera película peruana en abordar la temática trans, el régimen alimenticio de Javiera Arnillas se volvió más riguroso. Cero harinas. Cero azúcares. Lleva tres meses bajo la sutileza de las frutas y verduras, de modo que esta noche, en un restaurante de la Residencial San Felipe, donde ella vive, acaba de pedir yogurt natural con granola y un sándwich con queso y carne vegetal. Nos hemos sentado en una mesa de esquina, y aunque está de espaldas a los demás clientes, todos la miran de reojo. La escuchan como si no la escucharan. Ella dice que está acostumbrada. Han pasado dos años desde la última vez que nos vimos. Es el mismo tiempo que le ha tomado su transición. 

—Igual a veces me miro en el espejo y digo: ay, no he cambiado nada. Pero al instante digo: seguridad, Javiera, seguridad. Y ya está, ¿ves?

Espigada, las pestañas larguísimas, rizadas de manera natural, el cabello milimétricamente ondulado y castaño, las uñas blancas, un saco ceñido, leggings, zapatillas, Javiera sonríe. Luego prueba una cucharada de yogurt.

—Estás más alta, o me parece. 

—Te parece (risas). Imagínate con tacos. Crezco una cabeza más.

Con tacos, es posible que Javiera roce el metro noventa.

No lleva ni una gota de maquillaje.

— Hay días en que salgo así nomás. Es mi momento (risas).

— ¿Fue difícil el proceso? 

—Difícil y doloroso. Antes de ponerme las bubis, se lo conté a uno de mis mejores amigos, luego a mi hermano y luego a mi tía. Mi hermano me preguntó si era necesario y yo le dije que sí, porque me ayudaba a respaldar mi identidad. Mi tía se preocupó e incluso me acompañó al cirujano. Después de la operación vino el detalle: un dolor tremendo, como si me hubiera pasado un elefante por el cuerpo. Ni siquiera podía sentarme. 
— ¿Pero eso fue lo más difícil?

—No, lo que más me costó fue dar ese gran paso.

—Pero pareces muy segura, ¿por qué te costó?

—Yo también me pregunto eso. Seguro es parte del proceso. Recuerdo que lloraba mucho. Era una sensación extraña. Pero después que mi familia me dio su respaldo, todo fue mejor. Es como si ellos te ayudaran a cargar la mochila, como si también se sumaran a la lucha, porque están apoyando algo que para la sociedad no es normal, o no es tan normal. Cuando tu familia te acepta, va a contracorriente, entonces hay que cuidarla mucho.

Habla moviendo las manos, acomodando ese peinado afro que es su marca, su garbo.

—Después de tu transición, ¿qué te dijeron?

—Mi hermano y mi tía, normal. La única persona que me sigue diciendo hijo es mi abuela. Sólo a ella se lo permito. Te voy a contar una anécdota, Hace poco llegó otra chica a cuidarla y me dice jovencito, chico. Un día de estos le voy a decir que es la última vez que me lo dice, porque está usando un adjetivo que no me representa, que no va con mi identidad.

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— ¿Sólo con eso has lidiado?

—No. En la calle es horrible. La gente silba, habla. En el bus, a veces los cobradores me dicen muchacho sólo por fastidiar. Uno se da cuenta. Lo peor es que me paralizo cuando escucho eso. No sé cómo reaccionar. Cuando salgo a discotecas, hay chicos que bailan conmigo, pero siempre me preguntan qué soy, si ya me operé abajo. Pero pienso que esa es una cuestión muy personal. Siempre, siempre, siempre me ha pasado que me piden mi número, se enteran que soy trans y me dicen hasta aquí nomás. Es normal. Yo les digo bye, bye.

Javiera acaba de pedir otro sándwich. Aunque su mánager le ha recomendado que siga la dieta estrictamente, hay días como éstos en que ella come lo que le provoca. El régimen no es un capricho: Javiera quiere ser la primera chica trans del país en pisar una pasarela de alta costura. La dieta es, entre otras cosas, uno de esos sacrificios.

— ¿Qué es lo más tedioso del proceso?

—Que debo tomar pastillas (hormonas) por el resto de mi vida. Pero si sigues el tratamiento al pie de la letra, verás resultados como en todo proceso.

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— ¿Dónde las consigues?

—Todo me lo brinda Féminas, que es una organización que apoya a las chicas trans. Desde que pisé Féminas por primera vez, me sentí identificada con cada historia de las chicas. Me hizo sentir que no estaba sola. Que, como yo, había varias en este proceso.

— ¿Te has sentido sola?

Javiera mira la calle.

Hay un brevísimo silencio antes que diga:

—Muchas veces, sí. Es que es difícil encontrar a alguien. Hay veces en que me pongo feeling. Porque pienso: para querer no hay que mirar la cara sino el corazón.

— ¿Estás enamorada?

—De eso no puedes poner nada.

Junto a Marina Kapoor, Javiera es la protagonista de Sin vagina, me marginan. La película, dirigida por Wesley Verástegui, se grabó durante ocho días, de mañana a noche, desde un iPhone 6. Marina y Javiera dan vida a Microbio y Barbie, dos trans que, cansadas de buscar trabajo sin éxito, empiezan una explosiva aventura en la que el humor negro se mezcla con una realidad punzante. Hay una escena, rodada en Larcomar, donde una transeúnte les grita “Monstruos de mierda” cuando las ve pasar. Barbie, el personaje que interpreta Javiera, le responde: “El único monstruo eres tú, con ese par de tetas caídas. Además, recuerda que ambas somos iguales: las dos nos arrodillamos y chupamos pinga”. Esa línea produce risas, pero a la vez es un grito de defensa. La película, que se estrena este 28 de setiembre, ha sido seleccionada en el Sydney Transgender International Film Festival. 

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—Es como el primer paso de mi carrera. Ahora se vienen muchos proyectos más, pero hay que ir con calma, preparándose en todo.

Javiera estudió Comunicación y Derecho, pero sólo cuando pisó la Facultad de Artes Escénicas de la Universidad Católica, supo que a eso era lo que quería dedicarse el resto de su vida. Son casi las nueve de la noche cuando ella termina la cena. Después pide un snack para llevar. Cuando cruzamos el semáforo, los carros la iluminan y me imagino que, desde el asiento de los chóferes, Javiera debe verse alta, estilizada, elegantemente soberbia bajo la luz amarilla de los reflectores.

— ¿Qué le dirías a la gente que juzga?

—Que el amor no tiene bandera, ni se fija en los rostros ni el género. Debemos querer y respetar a todos. Cuando el mundo empiece a mirar más allá de las apariencias, las cosas irán mejor. Sólo nos debe envolver el amor, sino somos nada.

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